domingo, 17 de febrero de 2013

Hay cañaverales para enderezar el viento y arroyos para solaz del agua. Hay pasillos subterráneos para escapar de castillos y desfiladeros estrechos donde ni el eco puede girar y darse la vuelta. Sólo entre tu pecho y el mío hay un cordel que no sabemos qué hace, a veces nos ata y en otras nos deja volar como pájaros libres y sin miedo.

lunes, 4 de febrero de 2013

Si supieras que estoy tan cerca volverías la cara y, como cuando alumbras con una linterna, verías que tengo el rostro mojado. Esta noche duermo en el faro y a cada giro de la luz te estoy enviando un mensaje. La oscuridad los está parando, uno tras otro, sin que lleguen hasta ti. Cuando venga la Aurora serán inútiles los rayos, el faro y el farero. Los mensajes podrás leerlos otro día, todos cayeron al mar y navegan en tu busca. Vine a no oírte. Vine a no quedarme. A no saber, a ignorarlo todo, a no aprender, a no despertar. Pero vine, sin saber por qué, pero vine. Y ahora que ya estoy despierto me vuelvo a la cama para coger el sueño, para arrugar la almohada para decirme mil veces que no era bueno el camino para llegar hasta aquí. Con dolor ahora emprendo despacio la vuelta. Ni la soledad del faro, ni la del farero, ni los rayos de luz que curva la oscuridad me retienen un minuto más. Me voy a dormir que la hora de los duendes está tocando en la puerta. 8 junio 2007

domingo, 3 de febrero de 2013

martes 22 de abril de 2008
Mi regalo.
En la ribera de aquel río se medía la ilusión por cuartas, a tanto el caballete de pintor. A primera hora de la mañana todos se daban bastante prisa en abrir la caja de los óleos y con los pinceles prestos, con gesto hosco, más bien huraños todos ellos, pugnaban en silencio por captar el primer rayo del sol. Vanidad, empeño baldío, porque cuando el sol doblaba la cresta sus rizos alumbraban para todos por igual. No obstante cada mañana era la misma liturgia. Todos prestos, pincel en mano, lienzo sobre el caballete y la mirada distraída. Todos disimulaban pero sin engañar a nadie. Aquel que le parecía que fue el primero asomaba una ancha sonrisa que se desparramaba hasta alcanzar la otra orilla del río. Poco después cada cual se iba centrando en su tema. Los ojos del puente cercano, el agua tranquila, quieta, aún dormida, desnuda de matices. Unos absortos en su trabajo, buscando inspiración, otros se abstraían. De vez en cuando notaban la mirada de un extraño que se asomaba sin ser llamado, que atropellaba con su mirada indiscreta la inspiración primera, la de los Buenos Días. En el cuarto arco del lungarno de Médicis se solía acomodar un extraño pintor. A todas luces no pertenecía a ninguna academia de Bellas Artes. No fumaba. No se resguardaba con ninguna bufanda, ni siquiera un trapo de auxilio para un descuido. Ni miraba, ni medía distancias con el pincel, ni trazaba líneas de su pensamiento recto. Una mañana, en silencio, robando un espacio holgazán se le acercó una misteriosa joven. No dijo palabra. Miró el lienzo sobre el que trabajaba. Lo remiró de nuevo. Luego se asomó al pretil como si tuviera alguna duda de que aquello que pasaba por allí camino del puente era un río. Volvió junto al viejo pintor y sin mediar saludo le espetó: -“¿Por qué pintas un mar si eso es un río?” El sorprendido pintor se giró hacia donde estaba situada la joven y le contestó sonriendo: - “Es que yo no pinto lo que veo, sino lo que siento”. - “Esto no es un río, esto es un mar”. El viejo pintor creyó que su salida sería suficiente para callar a la recién llegada joven que rompía el silencio de la mañana con un respirar agitado por lo inesperado. - “Pues si es un mar le faltan las gaviotas” Se alejó mirando, remirando el lienzo y asomándose de vez en cuando al lecho del río. Como en las historias no hay tiempo ya estamos en la mañana siguiente. La liturgia del despertar de los jóvenes pintores era similar en el Lungarno de Médicis y en Lungarno de Arcabusieri. Todo era similar al día anterior, ni siquiera se había movido el tiempo para más frío. El sol asomó sus rizos por el mismo hueco. Todos se afanaban en pintar el primero de ello, el que se colgaba en la colina del Belvedere para anunciar la pronta llegada de la mañana preñada de turistas, de ojos ávidos. Bueno algo había cambiado. En el lienzo del viejo pintor, en el mar de sus sentimientos, aparecía un bello rincón cuajadito de gaviotas. El pintor esta mañana miraba por su nuca esperando a la sugerente joven del día anterior. Con la confianza de quien ya estuvo allí con anterioridad la joven volvió a detenerse delante del lienzo, se acercó de nuevo al pretil del río y derramó sus lindos ojos sobre aquel mar del sentimiento. Hizo ademán de marcharse sin decir ni palabra, pero se le escapó un: -“Demasiadas olas. El mar no debería de agitarse con la luz del sol” El viejo pintor tomó un pincel grueso y con un frenético compás en un santiamén amansó aquel mar azul hasta convertir las olas del rebalaje en puntillas de encajes de Holanda. A cada pincelada la interrogaba con la mirada, - “¿Mejor así, o de esta manera?” En pocas mañanas aquel cuadro fue cambiando tanto que a cada pincelada nueva aquello se parecía más y más al río, que mansamente cada mañana caminaba hasta los ojos del vecino puente. Un día la joven sonrió enigmáticamente. Miraba y remiraba sin pronunciar palabra, Era una mañana tibia de abril. El viejo pintor aguardaba impaciente la inminente sugerencia. El cuadro era perfecto, una fotografía del Arno traspasando el Puente Viejo. De mar no tenía nada más que el cielo azul. El viejo pintor se doblaba de impaciencia sobre la caja de tubos de óleos. La joven se acercaba, se alejaba, se ponía la mano como visera. Se le incendiaba la mirada, respiraba fatigosa, quizás fumaba demasiado, comenzó a alejarse hacia el Lungarno de Grazie, musitando: - “Con lo fácil que es dominar un sentimiento no sé por qué el mar deba ser pintado desde la tierra. Con lo fácil que es convertir un río en un mar. Todo es cuestión de la luz. Sólo falta luz” Aquella mañana de un día 23 de Abril, sobre las mansas aguas del río Arno, navegaba un mar. Lo cuentan en Florencia y lo creen hasta en Roma” Fin