sábado, 25 de marzo de 2017


Mainake se saltó la noche y le habló al viento

con estas palabras:



“Otra vez vuelvo a cabalgar sobre la mañana

con sus crines acariciándome el rostro.

De nuevo vengo doblado, cuello con cuello,

sin mirar el camino, comiéndonos el aire.



No hay relinchos, ni riendas,  ni bocado.

Solo mis rodillas presionando, con mimo,

Dirigiendo su paso que es también el mío

Hasta penetrar en lo que dejamos atrás.”

viernes, 24 de marzo de 2017


Cambié mar por rio, y río por fuente, pero el manantial del que brota este mal vivir que moja mis pies viene de la espesura, de la umbría de los sueños atrapados entre los helechos, siempre vigilado por la cabellera rubia de una xana. Como afloran las burbujas del manantial buscando el río así corre a tu encuentro mi desesperanza. No habrá cauce que la enderece.

domingo, 8 de febrero de 2015

13 Enero 2011


13 de enero de 2011  

Una mañana me dijeron desde la niebla: ¡Buenos días!  y aunque yo también caminaba dentro de ella, no pude encontrar la voz del saludo. El arroyo se une al río por el rumor del agua, y el eco siempre toca la pared de rebote aunque sea angosta, pero dentro de la niebla sólo se está, se vive en ella. Ya la encontramos cuando nos absorbió por entero. Ahora soy niebla, encuéntrame.

5 Enero 2011


5 de enero de 2011 

Los Reyes Magos se han detenido en mi ventana. Dicen que quieren robar el zapato de Dios y han tomado el tuyo porque tú lees en el fondo de mi pensamiento, sabes lo que voy a decir desde la primera palabra, conoces cuáles son mis deseos. ¡Eres divina! A mí, en vez de carbón, me dejaron un deseo real: “Que entre tu sombra y la mía nunca haya hueco que rellenar”. Amén.

sábado, 7 de febrero de 2015

3 enero 2011


Si me olvido del tiempo, si secuestro el sueño en el que te vi por primera vez, si me recuesto en la oscuridad , si consigo que el deseo sea más veloz que la luz, si domestico la materia negra de la que formamos parte ¿crees que nos encontraríamos en algún lugar del universo? No me gustaría utilizar más de dos eternidades, así que pon algo de tu parte.

viernes, 6 de febrero de 2015

Medio sueldo.


Medio sueldo.

Si la rumanita de ojos verdes, que con vocación de semáforo está apostada en mi camino, supiera que por verle cambiar el color de su mirada yo estoy dispuesto a entregarle medio sueldo se mudaría de acera y me esperaría en la puerta del banco.

Tiene sus ojos sometidos a la tiranía de los sentimientos ajenos, y los míos son algo canallescos.

Me conmueve la hermosura de su mirada verde y paso indiferente ante su evidente tristeza por necesidad.

Hoy ha vuelto a suceder. Me miró. Le dí un euro. Diez pasos más allá me di la vuelta y le entregué un billete de mi cartera.

Esta tarde no gané un hueco en el cielo… ni lo pretendía. Además, por cincuenta euros no llegaría a la primera nube.

El resplandor de su rostro era tan blanco que la luna tuvo que hacer cola para alumbrar la noche, no la dejaba salir.

Ese fue mi premio, contemplar un eclipse de luna al atardecer, en el semáforo de la Gran Tienda.

Nunca vi ojos tan hermosos. Quizás se merecieran todo el sueldo. (Sin quizás.)

Buenas noches

miércoles, 4 de febrero de 2015

Te lo preguntaré por enésima vez.


Te lo preguntaré por enésima vez.

Te lo preguntaré por enésima vez, como si fuera la firma, la última pincelada del cuadro. A ver, atiende. Veinte mil pasos doy cada día empujando a mis pensamientos, frenándolos, acariciándoles ¿cuántos de ellos crees que no llevan dentro un recuerdo tuyo? Si alguno saliera vano se quedaría al borde del sendero para comida de pájaros.

Para verte.


Para verte.

Siempre creí que para verte bastaría con precipitarme tras el sol, o seguir el arroyo al que llamas río y esperar sobre las cejas del puente. Te creía más cerca que el lucero de la tarde. Pero no. Desde aquí hasta mi casa hay algo más que el largo de una mirada. Volveré otro atardecer.

Por las siete revueltas.


Por las siete revueltas.

Por las siete revueltas de aquella calle iban y venían todos los aires sin que nadie les increpara, sólo a mí me llevaban los demonios cuando alguno te rozaba el rostro. ¡No hay mayor dolor que tener celos del viento!

lunes, 2 de febrero de 2015

Aún tengo en la boca el sabor de las Nochebuenas.


Aún tengo en la boca el sabor de las Nochebuenas de mi niñez. Se celebraban en casa de mis abuelos donde nos reuníamos toda la familia a lo largo de la tarde del día 24.

Ese día mi abuelo prescindía de su partida de dominó con sus compadres Juan “el clavellina”, José “el de Catalina” y Pedro Cordero, aunque ese no era su compadre. Su partida de dominó era una prolongación de la jornada de trabajo en la cerámica, de casi todas las jornadas de trabajo, y duraba más  o menos tiempo en función de que anduviera cerca de la barriada el cabo Peláez de la Guardia Civil, a quien no le hacía mucha gracia que hubiera reunión de hombres, ni para jugar al dominó, en la Taberna de Ana.

 

La Nochebuena era uno de los días en que no había partida y mi abuelo llegaba antes de que el sol declinara.

Los preparativos se hacían unas semanas antes. La cosaria del pueblo, ya habría traído el aceite especial en una cacharra de hojalata, algo parecido a las de los lecheros y también una damajuana de vino dulce de los montes para hacer los borrachuelos. Toda la intendencia era cosa de mi abuela, pues nadie como ella conocía de qué parte de su pueblo era necesario traer la harina, aceite, vino, naranjas cachorreñas y dulces, limones, matalahuga, ajonjolí y demás ingredientes que necesitarían más tarde para la masa de los  borrachuelos y roscos de huevo.

 

Estos dulces navideños, en casa de mis abuelos, no se podrían hacer días antes. Eran de la Nochebuena y había que hacerlos en Nochebuena.

 

Al atardecer, mi abuelo se vestía de nuevo. Abría las dos puertas de la cocina que comunicaban con el salón y sin penetrar en terreno vedado por mi abuela preguntaba: “¿Cuándo pensáis hacer los borrachuelos?”.

 

Era la señal que esperaban todos. Me hacía un corralillo con sus piernas y sus brazos y sin dejarme marchar a la cocina me iba contando cosas. Mi abuelo comenzaba a ejercer de gran patriarca y ya no paraba de hablarme en toda la noche. Hablaba hasta por los codos.

 

Una vez que ya tenían la venia comenzaba una actividad febril en la cocina. La cosa era que cada cual parecía saber lo que tenía que hacer, como si lo hubiesen ensayado antes, o quizás porque ya se sabían muy bien todos su papel. Yo desde los  brazos de mi abuelo miraba y remiraba cómo se batían huevos, se mezclaba harina, aceite, azúcar, vino dulce y condimentos. Mi abuela marcaba las proporciones con un cascarón de huevo vacío. Luego venía el amasarlo todo en un pequeño lebrillo. Mi abuelo aprobaba el cocineo sin decir ni pío, ni traspasar la frontera del salón y la cocina.

 

Mi padre, un poco celoso de los arrumacos de mi abuelo y de sus consejos, -¿dije que mi abuelo hablaba hasta por los codos?- de vez en cuando me solicitaba para alguna faena menor, que le buscara ramitas secas del jardín para levantar mejor la llama del brasero que comenzaba a prender en la calle, que le llevara la caja de cigarrillos que estaba en… siempre lejos de mi abuelo.

 

Poco a poco se llenaba la cocina de olores mágicos, de humos de incensarios, aquella cocina se iba convirtiendo a medida que se iba la tarde en un santuario. Cuando nos llegaba la noche de la tierra y se iba juntando con la noche del firmamento era el momento de las primeras probaturas de la masa. A continuación venían los “Ponle un poco más de canela”, “échale un chorreón de vino y otro de aceite”, “parece que la fritura es buena”, “la masa no se debe pegar al trabajarla”.

Todas estas letanías las iba yo aprendiendo con la repetición de Nochebuenas.

 

Cuando estaba lista la masa de borrachuelos se dividían las fuerzas e incluso pedían la colaboración de mi abuelo y de mi padre en dar forma a los borrachuelos que se ponían sobre platos que recogía mi abuela y los ponían en la sartén. Mi abuela era quien vigilaba la temperatura del aceite: “Niña, da más fuego”, “No tan fuerte” decía a cualquiera de mis tías.

 

El olor ya se extendía por toda la casa y se salía fuera. Luego escalaba los arriates de macetas que tenían en el albarrá y se perdía por el campo hasta el establo de las vacas. Seguramente que al día siguiente las vacas darían una leche más dulce.

 

No recuerdo una cena especia de Nochebuena. Desde mi corralillo presenciaba que a mi abuelo le traían, no sé en que momento, gachas con miel de caña, arroz con leche y canela, primeras sartenadas de roscos y aguardiente de Ojén, tortas de naranjas cachorreñas, rosquillas de huevos y limón. Pero no recuerdo que nos sentáramos a la mesa para comer. En cambio sí recuerdo perfectamente la última operación de la noche que me asustaba un poco. En ese momento era cuando sentía más cercanos los brazos de mi abuelo que me rodeaba acariciándome suavemente, pero con firmeza aún más suave no me permitía escapar.

 

Cuando ya estaban los borrachuelos con su azúcar o miel por encima y debidamente almacenados en la alacena, mi abuela se dirigía a la nasa del corral y venía con el gallo más hermoso, el de las plumas doradas. Lo traía cogido por las patas y el cuerpo entre su brazo y el costado. Con el hermoso gallo inmovilizado de esta guisa cruzaba el salón y se dirigía a la cocina. Todos mirábamos, conociendo lo que sucedería a continuación pero sin que nadie protestara. Mi abuela tomaba una fuente honda de cerámica vidriada y la ponía sobre el poyo de la cocina. Tomaba un cuchillo y le asestaba un corte sobre la cabeza, muy cerca de la cresta. El animal protestaba como no podía ser menos a medida que perdía la vida. Le pasaba un poco como a los hombres que protestamos cada mañana cuando al levantarnos de la cama nos damos cuenta de que también vamos perdiendo la vida por horas.

 

Mi abuelo, que era un ateo cristiano, al llegar la hora nos mandaba a la Misa del Gallo. Durante años yo creí que esta Misa se llamaba así  por lo que mi abuela acababa de hacer. Luego supe que no, que era por lo intempestiva de la hora. Mi abuelo no venía a la misa, se quedaba solo en la casa con los olores y el silencio del campo y la negrura de la tierra, que es más densa que la del cielo porque aquí abajo se desatan esa noche muchas penas y las penas son todas negras, al menos las que yo conozco.

 

Hoy día las cosas han cambiado mucho. Ya no están mis abuelos, ni mis padres que se fueron los dos juntos. Yo todavía no puedo ejercer de patriarca porque me falta el nieto que acorralar entre mis piernas y mis brazos. No tengo la quietud de la noche en el campo. En cambio tengo otras cosas que me dejó mi abuelo: hablo por los codos, miro al cielo y conozco a los que me rodean porque yo nací para ser padre y ejercer de padre. Pienso que he de reciclarme si el año que viene, si Dios quiere, me toca hacer de abuelo. No quisiera estropear a mi familia la Nochebuena por no saberme mi papel.

Alarife 23.12.2003

 

Todo el mundo tiene una estrella.


Cuando me he levantado esta mañana ya la noche se deshacía en azul y sobre la ciudad flotaba el amarillo de las heridas que han agotado su sangre. No había estrellas. Sólo el lucero del alba mantenía su puesto de farola de los cielos. 

Volaba buscando un “¡buenos días!” y al percatarme de que hasta el amanecer tiene su estrella se me vino a la boca un fandango de los tristes. Comencé a canturrearlo para ver si lo arreglaba y el corazón siempre me devolvía el mismo estribillo: 

“Todo el mundo tiene una estrella

Yo la busco y no la encuentro

¡Puede ser que yo no la tenga!” 

Hoy es el día de santa Inés. Si ves a Inés de Castro no te olvides de felicitarla. 

Este fin de semana quiero comenzar las clases para aprender a sentir. Puedes acompañarme si te apetece.
 
Alarife 21.01.2004