sábado, 5 de agosto de 2017

Te doy Cinco Minutos y marcho a comer


Otros Cinco Minutos



El arroyo no tenía más de 20 centímetros de profundidad. Guijarros limpios, relucientes y arena molida por el incesante pasar del agua. Metí la punta del pié y estaba el agua fría, muy fría. Con prudencia para no caer me descalcé el otro zapato. En aquel momento ya era un hombre sin manos. Dos zapatillas saludaban al aire y los cordones colgando recogían la sonrisa del arroyo.

Entré despacio en la sábana de agua, el agua fresca cortó la primera rebanada de mi cuerpo. El frescor me clavaba en la arena. Con mucho cuidado para no pisar ninguna nota (este arroyo era de aguas cantarinas) di el segundo paso y el tercero. El frío ya me rebaneaba hasta la altura de las rodillas. Sentía que me iba convirtiendo en un hombre de menos estatura, tres cuartos de hombre. Cualquiera que me viera hundido así diría que aquel arroyo me convertía en tres cuartos de litro de agua.

Cuando esto te ocurre sabes que ya no puedes volver atrás y comienzas a buscar algo a lo que asirte, para no caer, para mantenerte erguido. Quizás una rama, quizás una cuerda entre los cantos rodados detenida.

De la poza de la otra orilla algo rizó lo que no tenía peluquería, una pequeña cabeza serpenteaba dibujando rayas sobre la cabeza del arroyo, era una culebra de agua.

Dos pasos más y estaría fuera. Dos segundos más en el agua y me mojaría todo. Apoyé un pié en un guijarro y… fuera. Atrás quedó la culebra, el arroyo, el agua, los zapatos en las manos, el repullo en el pecho.



(Marcho. Esto de escribir Cinco minutos es algo divertido. Prueba y verás. Abre el apetito.)

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