viernes, 4 de agosto de 2017

Soy un infiel contumaz


Buenos días.







(Si al leer te enfadas, para, deja de hacerlo)



Hoy me vas a permitir una confesión que no te debe sorprender. Todos mis amigos la han conocido en algún momento y luego continuaron siéndolo. Espero algo semejante de ti.



Soy infiel. Anoche fui infiel. Llevo la infidelidad como algo rutinario en mi vida, es algo consustancial a mi persona, desde que fui mayor de edad y me permitieron no dar explicaciones cuando alguna noche que otra faltaba a casa.



Te hago esta confidencia para descargar un poco la mala conciencia que se me queda en todas y cada una de las mañanas siguientes, de los amaneceres distintos.



Y soy infiel contumaz. Me pervertí en las buenas costumbres desde la noche siguiente a la de bodas, y además fui persistente durante dos semanas seguidas, en las que no volví al lecho conyugal. Desde entonces, periódicamente puedo afirmar que soy infiel.



Esto que hoy te cuento me hace desgraciado. No lo tomes como jactancia en algo que yo considero que es una traición, - alta traición le llamaría más bien- porque todo pecado lleva en sí su penitencia. Al menos eso me enseñó, desde que fui joven, mi abuela.



Esas infidelidades las he consumado en los lugares más insospechados por lo inusual. No cuento los hoteles, apartamentos propios o alquilados con este fin, ni los pisos de los amigos. Me estoy refiriendo a lugares tan poco apropiados , porque no fueron concebidos para ese uso, como trenes, aviones, últimos asientos de autocares, tiendas de campaña, sobre la arena de la playa, sillas o sillones en la penumbra de algún local silencioso. En el colmo del disparate he consumado varias infidelidades hasta en los tanatorios, cuando la noche ya era menos noche y la vela del difunto se relajaba.



(Lo que te cuento suena a muy fuerte. Espero que leas hasta el final porque nunca más te lo volveré a contar.)



Y qué decirte sobre la satisfacción? Pues que no, que siempre tuve en el pensamiento a quien en esos momentos agraviaba.



Tengo la memoria llena de sobresaltos, mal sueños, pesadillas, promesas que me hacía en muchas dormivelas de que aquella sería la última vez. Otras veces trataba de buscar árnica para mi culpa. Me recordaba que las circunstancias me habían obligado a ello, que era un medio para otros fines, que era un paso obligado.



No respeté en mis infidelidades estación, ni festividad. Bueno sí, respeté ,hasta ahora, la Semana Santa, pero al paso que voy pronto no podré afirmar esto .Reparto las infidelidades a través del año con metódica programación. En realidad las considero necesidades biológicas.



Vale. Ya sé, ya sé que dirás que a ti plim, que a qué vengo ahora contando mis continuos extravíos, que a ti ni te va ni te viene, que puedo hacer de mi capa un sayo. Pues mira, no lo creas, no es así. Te hago estas confidencias porque ya no eres amiga de dos días, ni de dos semanas, que ya podemos contar nuestra amistad por años, y por ello quiero que lo sepas, sin retardarlo más, aun a riesgo de que se resquebraje un poco la confianza que me tienes. Quiero que dejes de sospecharlo, que lo sepas de mis labios.



Soy infiel, con alevosía traicionera, Soy infiel a mi cama, a mi amplia cama, sobre la que juré dormir todos los días de mi vida, y que al no poder cumplir el juramento, al cabo de algún tiempo, le añadí el” mientras pueda”. No hay placer más grande en el mundo que abrazar tu propia almohada, introducirte en tus sábanas blancas, acurrucarte en tus sueños y esperar el nacimiento del nuevo día.



Por muchas razones falto a este juramento, anoche sin más, y cuando esto ocurre, esporádicamente, he de acudir presto a lavarme la frente para borrar su legítima queja que me parece llevar grabada en la frente: -“Eres un infiel”. Siempre tuvo mi cama razón. Porque, aunque anoche fuera un cerrar de ojos sobre un sofá amigo, no deja de ser una infidelidad. Mea culpa.



Buenos días.




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