jueves, 3 de agosto de 2017

SIENA-


Siena

Hoy es por el simple placer de ocupar unos minutos de tu tiempo mientras me lees.
Antes que nada, quería decirte, para que no te olvides, que en Siena todas las calles te llevan siempre a donde quieres ir, que no tiene calles donde perderte, ni edificios que te vuelvan la cara. Es como Cáceres. Todas las ciudades a las que amo se parecen mucho unas a otras, como las mujeres que logran enamorarme.
Cuando me encaminé hacia Siena sólo sabía de ella lo que había leído en los folletos turísticos y lo que me habían contado mis hijas. Todas ellas coincidieron en afirmar que Siena me gustaría.
Había elegido Agosto para visitarla ya que en esas fechas esta descubierto el pavimento de la catedral, que en invierno es cubierto y protegido, fuera del alcance de las miradas de los turistas curiosos.
La semana anterior se había corrido el Palio y por ello esperaba que la ciudad estuviera tranquila y sosegada, como toda ciudad medieval que se precie.
Con suerte podría admirar los adornos de los barrios y el orgullo del ganador colgado en farolas y ventanas.
Ascendí con ligereza la carretera que me llevó hasta el hotel situado en la misma muralla de la ciudad. El cielo se estaba ennegreciendo y las nubes presagiaban tormenta. Durante la cena quise advertir algún que otro relámpago.
Sin deshacer la maleta inspeccioné la habitación que daba al mismo adarve de la muralla, tenía delante un pequeño parque y hacia la derecha la calle ascendía en fuerte pendiente, a lo lejos se veía una de las puertas de entrada a la ciudad.
Era cierto lo de la tormenta y un nuevo relámpago hizo restallar de luz cada piedra del suelo adoquinado. Esto no me arredró lo más mínimo. Había llegado hasta aquí para averiguar la verdad de una cierta historia que, con mucho misterio, había oído contar años atrás a una joven sienesa.
Bajé en ascensor hasta el segundo sótano del hotel que es el nivel de calle, con el chubasquero en la mano porque no quería ponerme chorreando de agua si la tormenta descargaba, y ,lentamente , pegado a la pared como un letrero, fui subiendo sin saber hacia dónde encaminar mis pasos.
Las nubes habían hecho que la noche se cerrara más de lo habitual, como tres vueltas de llave tenía la oscuridad del cielo. Pasé el primer arco y mis pasos comenzaron a sonar sobre el empedrado. Mientras que estuvieron los pies y el sonido acompasados era hasta agradable la compañía que me proporcionaban. Las calles estaban vacías de cuerpos, ni paisanos, ni turistas trasnochadores. La amenaza de agua había recogido a todos con más fuerza que el rezo de Vísperas en un monasterio.
Tanta soledad, que inicialmente me agradó, ya comenzaba a ponerme receloso, siempre lo soy en una ciudad desconocida y por ello, antes de salir del hotel, pregunto por las zonas dudosas. Esta noche no lo hice y comenzaba a pesarme. Siempre ocurre igual, primero hago el loco y después vienen las consecuencias.
Lo cierto es que mientras me adentraba por el largo adarve iba despegándome del costado de los edificios cada vez más. No tenía miedo, aún no lo era, simplemente tomaba precauciones. Las cautelas me empujaban de un lado y otro de la calle y cuando quise darme cuenta ya caminaba por el mismo centro, casi por el canalillo diseñado para el desagüe de las pluviales.
Ahora miraba hacia el fondo de la calle y comencé a fijarme en los portales tratando de estar atento a cualquier sombra que se moviera inadecuadamente. Casi todos ellos eran dinteles de portadas en arcos de medio punto y las dovelas muy variadas, unas, las menos, de granito, otras lisas de piedra rojiza como sillares romanos, de vez en cuando los encontraba de sillares almohadillados.
De pronto quise ver allí donde la calle comenzaba a curvarse una sombra que con rapidez felina se agazapó, el corazón me dio un vuelco, todo el alrededor era la escena apropiada para acojonarse, calle solitaria, oscura, turista despistado. Otra mirada al fondo y se confirma la inicial sospecha, allá al fondo me están tendiendo una celada, la sombra felina sigue agazapada, ahora inmóvil. Lo prudente sería que me diera la vuelta para el hotel.
El vino de la cena no había sido suficientemente copioso, porque no me empujaba adelante como habían me empujado otros vinos en ocasiones semejantes, este vino sienés debía ser de cepa cobarde porque me tenía quieto en medio de la calle, sin mover un músculo, radiografiando todas las sombras. Estaba preparado para batir el record de los 200 metros de calle abajo. De otro lado, la vena de loco no me abandonaba, la tenía un poco rezagada, pero la sentía junto a mí. Cualquier decisión que yo tomara nunca podría ser mal vista porque en toda la calle no había otros ojos que me socorrieran, fuera de los míos y estos ya estaban clavados en la sombra de la esquina.
Comencé a moverme, primero un paso, luego otro, pero no caminaba hacia atrás, sino hacia delante, sin quererlo, no era cierto que me estaba haciendo el valiente. Maldije el recuerdo de la muchachita sienesa que me indujo a comprobar aquella absurda historia. Estaba a punto de un desastre y en vez de volverme caminaba hacia él como un autómata. Instintivamente me arrimé hacia la acera opuesta, pero continué caminando hacia el recodo donde me esperaba agazapada aquella sombra felina que por un instante, pero muy claramente, había visto ocultarse.
Quince pasos más y ya daría igual que me volviera o no, sería alcanzado. La vena de loco que me acompañaba detrás se puso a mi lado y me adelantó unos cuatros pasos, lo que me alegró. El primer porrazo se lo iba a llevar ella. No es que me alegrara que el primer susto fuera para ella, porque tenía decidido que la ayudaría, si no porque me daría un margen de tiempo para reaccionar. Como nunca llevo armas solo tenía que decidir si la emprendería a patadas con quien fuera o lo empitonaría como si fuera un toro miura.
Un nuevo relámpago y se hizo de día en toda la calle. Con la misma rapidez lo vi todo claro. Allí estaba. Tal cual me lo maliciaba. Tal como yo lo había percibido desde el fondo de la calle. Estaba apostado justo en la esquina, como un vulgar salteador.
Me puse erguido como un torero haciendo el paseíllo y me fui derecho hacia él, sin vacilación, sin miedos, sin dudas. Allí estaba él y aquí yo, ea. Tal como me lo había contado la chiquita sienesa. Encaramado en una media columna, vigilando la calle, se encontraba la más bella estatua de un hermoso leopardo oscuro. Defendiendo su barrio, como a mi me gusta.
¡Lástima que no hubiera nadie con una cámara que fotografiara el miedo que me había hecho pasar¡ Otra vez confiaré más en la veracidad de las historias que me cuenten, aunque vengan de una chica sienesa.

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