domingo, 6 de agosto de 2017

Mi calle ha muerto.


Tengo una vivienda en el nº 45 de una calle que nació a finales del siglo XIX. No se conoce la fecha exacta porque por aquel entonces los Registros dejaban mucho que desear.

Más que nacer creo que la trajeron de muchas partes de la Andalucía alfarera para que la habitaran los obreros de una cerámica. La calle que cayó del cielo, orientada norte sur, le daba vida a la fábrica de ladrillos, era su elemento humano y cerraba todo su oriente. Por el norte hay una laguna con sus gallinetas y patos malvasías y por el resto de los puntos cardinales, completando la rosa de los vientos, todas las huertas que puedan imaginar.

Tenía mi calle en el nº 1 la Cueva del Sabio, un bar. Los mayores le llamaban la Taberna de Bautista, los dos portones de la fábrica por donde entraba y salía la vida. Tan sólo esquivaba estas entradas el sonido de la campana, como cornetín de órdenes, porque siempre nos llegaba sobrevolando los tejados.

Tenían su residencia en esta acera los dos colegios, ahora guarderías de bebés, la Peña Cultural, (no se engañen con el nombre pues era otro bar) y veinticinco casas. En la acera opuesta solo doce viviendas para hacerle sitio a la iglesia, la Casa de Socorro, y la placita de uso múltiple, como ahora llaman a los espacios que sirven para un roto y para un descosido. Esa placita fue pista de baile en las verbenas de verano y campo de juegos de toda la chavaleria durante más de un siglo.

Pues bien he de decirles con lagrimas como puños y el corazón encogido que mi calle ha muerto. Mejor dicho la hemos dejado morir. Los que todavía vivimos en ella entendemos perfectamente el sentimiento de Boabdil el Chico cuando en el último tirón le arrebataron la Alhambra.

La
ciudad nos pidió las huertas para la Universidad y le entregamos todas las que nos quiso expoliar. Los arquitectos nos demandaron, en nombre de la Construcción, y se llevaron poco a poco, millón a millón de euros, todas las huertas que la avaricia de los dueños no pudo sostener.

Más tarde fue el señor Alcalde el que dijo que (por nuestro bien) tenía que pavimentar las calles. En consecuencia tuvimos que llevar a nuestros hijos a las afueras para enseñarles el olor de la tierra mojada y el color del campo en Mayo.

Perdimos la Cerámica y los puestos de trabajo de nuestros padre se desvanecieron con ella.

Poco más tarde, cuando nos tuvieron completamente cercados, hemos perdido la Iglesia, el mostrador alto de la Cueva del Sabio,(donde se aprendían otros rezos), los colegios, la Casa de Socorro, la Pista y.....los niños que marcharon a jugar a otras calles.

La soledad se ha ido adueñando de las aceras. La muerte iba dejando bastantes huecos sin reponer. La Peña Cultural, el ultimo bar de la calle, también ha emigrado. Y lo que ha constituido la última enfermedad de muerte, la que la ha llevado a a sepultura, ha sido la instalación del aire acondicionado en las viviendas.

Ya somos muy pocos los que al atardecer , después de regar las aceras y los alcorques de plantas olorosas, jazmines, damas de noche, rosales, sacamos las sillas, o nos sentamos sobre el escalón de mármol de la entrada, para saludar a todo quien pase.

Anoche, mientras me mojaba con la llovizna de un pequeño aguacero del mes de Julio se me abrieron los ojos del alma y comprobé con amargura que mi calle ha muerto.

Entrè despacio, a regañadientes, como cuando encierras el coche en el garaje y me fui al ordenador a comentar fotos con amigos lejanos. Ahora sé que yo también estoy muriendo.

¡ Ojalá encuentre a mi vieja calle cuando me lleven para el otro barrio!. Dios lo quiera.



No hay comentarios:

Publicar un comentario