martes, 8 de agosto de 2017

Medio cuento a cambio de un aperitivo


Esta mañana me he levantado antes de que las cigüeñas comenzaran a chocar sus picos. En lo alto de la torre de San Juan no cabían más ramas, aunque no he visto que haya más nidos.

Anoche llegué muy cansado, más que fatigado estaba hambriento. En el hotel Extremadura había una convención de no se qué laboratorio farmacéutico y no pudieron alojarme, no tenían habitación disponible.

Enfilé Cánovas abajo, torcí por la calle Gallegos y luego a la izquierda hasta el Meliá. Tenía ficha de otros viajes y no hubo problemas. No pudieron ponerme mirando a las murallas pero la habitación sobre la plaza de San Juan estaba bien. Me agradó asomarme un poco al balcón.

El mesón Eustaquio estaba abierto. A pesar de que tienen cortinas hacia la calle se adivinaba que era fin de semana. Posiblemente estaría lleno de médicos invitados a  la convención. Me encaminé hacia él, todo confiado en que Germán me haría hueco, sabía que no me dejaría famélico la primera noche.

Crucé el jardincito de la plazuela. La kiosquera ya cerraba su puesto. Un automóvil se me vino encima, no me había percatado del cambio de sentido de la circulación en la plaza. Ahora no se puede bajar hasta los soportales en coche, se viene. Qué lumbrera es aquel a quien se le ocurre semejante disparate. ¡En todas partes cuecen habas, me dije!



Pensar en habas es como pensar en cochinillo asado. Cuando se tiene hambre hasta las piedras caen. Antes de entrar me paré un instante para echar una pequeña ojeada a la carta que está expuesta a la entrada. No faltaba nada del menú. Lo de siempre.

Unas parejas de extranjeros, de estos que cenan a su horario, abrieron la puerta y entre risas y exclamaciones de Oh! Oh! se sumergieron en la noche que aporreaba en mis espaldas.

Debo tener un faro en el rostro porque aun no me había enmarcado completamente cuando Germán me hacía señas con su mano, al tiempo que atendía y terminaba de acomodar a una señora de mediana estatura, yo diría que de unos 165 centímetros de estatura, falda ibicenca, sin llegar a ser tobillera, pelo rubio dorado como una diosa, rostro adusto, expectante…

Desde lejos se veía que Germán se sentía feliz acomodando a tal cliente. Cuando vino hacía mí su amistad me dio un pellizco en el estómago, puedo asegurar que fue nuestra amistad, que el hambre casi me lo había dejado en el escalón de la puerta de entrada.

No nos abrazamos porque el era muy suyo cuando estaba en su trabajo, solo nos dimos un apretón de mano, mientras me susurraba: ¡La he acomodado ya porque no sabía si te retrasarías mucho. Vaya ojo que tienes, compadre!

Nos llamábamos compadres aunque él no era andaluz y yo siempre le respeté el tratamiento, se lo ganó en más de veinte años en que trabamos amistad. Se puso delante  y fue abriéndome paso porque esta noche las mesas estaban un poco cercanas unas de otras, el overboking de un sábado noche.

Me acerqué por la espalda, le puse una mano en el hombro para que no se levantara y besándola con suavidad en la frente y repitiendo en la mejilla, le dije.

-         Buenas noches, ¿has encargado ya el aperitivo? Esta noche tengo hambreeeeeeeee. Germán se retiró sonriendo, Cuando le vi partir hacia dentro estaba seguro de que era inútil que pidiéramos nada, el lo había adivinado todo. Esta noche no pagaríamos la cena. ¡Cosas de amigos!



(O HAY APERITIVO O NO HAY CUENTO, AQUÍ ME PARO)


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