martes, 1 de agosto de 2017

La gaviota


Me tomé el primer café de la mañana muy caliente, casi ardiendo, el fuego quemaba su olor. Sin embargo, estoy seguro que no es de eso de lo que corre la gaviota por el rebalaje.

El mar esta sereno, las olas no se amontonan por llegar primero a la arena, tienen el tamaño de un dobladillo a medio coser, mejor… a medio descoser.

Yo no hice nada por espantar la gaviota, ni siquiera le di rabia rabiña con el olor de una almeja. Tampoco la gaviota tenía hambre, el pescatero le dio su ración sacando una sardina de mi espeto. Yo pagué a gusto el aperitivo de la gaviota., más ella huyó sin decir de qué, o de quién. Tal vez fuera de un quizás.

Nunca entendí bien a las gaviotas, aunque sepa leer lo que escriben sobre la arena. Lo que se me escapa ya me lo cuentan cuando vienen a sobrevolar la laguna,  detrás de mi casa.

Aunque cuando llegan allí, todas juntas, ya no son gaviotas, son el centro blanco del anillo  azul de la mano del Dios de mi barrio.

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