jueves, 3 de agosto de 2017

DE ESTO NO TE HABLÉ.


De esto no te hablé.


La mañana se despertó con cara de pino. Entre el verde pelo ensortijado de piñas y mi frente puse la horquilla de mi tirachinos. Tensé la goma, sujeté con los dos dedos más hábiles la piedra y antes de que pudiera soltarla una voz seca de ogro golpeó en mis espaldas: -Oye, niño, ¿dónde podemos coger agua para beber?.
Di un respingo como potrillo espantado y quise retroceder por la vereda hasta mi casa. -Tenemos el botijo seco, dijo otro.
El miedo paralizó mis menudas piernas. Nunca había reparado que en aquel trigal crecían sombreros de paja. Sombreros redondos, con una cintilla negra en el nacimiento del ala y que se movían rítmicamente.
Con media voz y extendiendo la maño señalé:
-Allí, en la alberca.
Imposible volver por el sendero. Aquellos cuatro hombres agazapados, en cuclillas, escondiéndose entre el trigo seco de Julio estaban demasiado cerca del sendero, para que yo pudiera pasarlos a la carrerilla. Vestían por igual pantalón oscuro, camisa blanca, en los pies calzaban alpargates de suela de goma de camión y cubrepié de esparto. A la cintura llevaban faja negra y en la cabeza un gran sombrero de pleita de palma, como los que hacía mi abuela trenzando las pleitas del palmito. El sombrero casi les llegaba a las espaldas . En la mano derecha portaban un largo cuchillo, como media luna.
También a mi se me secó la garganta. Poco a poco fui retrocediendo hasta topar con el tronco de un olivo. Si hubiera sido el laurel me hubiera escondido entre las ramas frondosas de su pié.
Aquellos extraños hombres pegados a la tierra avanzaban apartando el trigo a sus espaldas y rebanaban a enemigos invisibles. Momentos después se pusieron de pie. Eran gigantes. Uno de ellos se vino hacia el olivo que me sustentaba y yo corrí despavorido a esconderme detrás del tronco del pino piñorero.
Al llegar al olivo desenganchó un botijo blanco, de los llamados de la Rambla, y sin mirarme siquiera se dio media vuelta encaminándose hacia la alberca. Los otros tres envainaron los cuchillos media luna en unos cuernos y se los colgaron a las espaldas. Luego se quitaron unos dedales, también de cuero, que llevaban amarrados con cuerdecillas, o al menos me lo parecía desde la distancia que los observaba. Se sentaron sobre el trigo anudado en haz. Metieron su mano en la faja y sacaron una carterita, unos papelillos y una cuerda roja y amarilla que terminaba en un trozo de metal. Aquello ya me era familiar, se lo había visto hacer a mi padre y a mi abuelo : liaban cigarros. Con el encendedor chasquearon la “torcía” (Así le llamaba mi abuelo) . Comenzaron a fumar y desde el miedo que no me llegaba al cuerpo no sabía si serían tíos mantequeros que me matarían ya ,o esperaban al del botijo. No entendía nada de lo que hablaban, Tenia los oídos pegados a la resina del pino, pues yo apretaba las orejas con todas mis fuerzas sin osar mover ni el aliento.
Desde la esquina de mi casa llegó nítida y poderosa, como la trompeta que dicen que llamará a Juicio Final, la voz de mi madre.
-¡Niñoooooooooo, a comer!¡ Deja a los segadores en paz!
Hoy cuarenta años después de aquel día, aún no encontré la manera de explicar a mis hijas quién era un segador, y cuantas veces lo intenté no pude pasar de señalarles que el pino es el que se levanta a treinta metros de la casa, que si le preguntan él les terminará la historia. Y si no pueden reconocer a un segador para qué hablarles de la trilla, de aventar la parva, de tumbarte en la era boca arriba y de cómo se ha de comenzar a contar las estrellas. Se me han terminado los Cinco Minutos. Ni siquiera pude hablar como ellos. Yo conocí las cuadrillas de segadores, siempre llegaban detrás de las golondrinas, sus embajadoras. Buenas tardes

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