martes, 25 de julio de 2017

Ella me asedió desde el Cortile de la Pigna. desde


Ella me asedió desde el Cortile de la Pigna.


La vi por primera vez en el Cortile de la Pigna. Yo estaba inmerso en un grupo de turistas analfabetos que comenzábamos nuestra visita turística a los Museos Vaticanos. Ella volaba sola, se detenía en cualquier lugar, displicente. No le veía cámara digital, ni tomavistas. Noté su presencia desde el primer instante en que se me acercó y confieso que me puso un poco nervioso. Dejé de atender al guía, que en esos momentos explicaba los detalles de la fuente de la Piña. Ya saben, lo de siempre. Desde aquel momento, instintivamente, me retrasé hasta el fondo del grupo, me afinqué con los turistas distraídos, para seguirla como ella se lo merecía.
Entramos casi juntos al larguísimo corredor del Belvedere. Cruzamos varias estancias y siempre el mismo ritual, no encontraba con la mirada algo que nos llamara la atención a los dos por igual. Si yo contemplaba la Venus de Gnido ella se adelantaba y, esperándome, se detenía curiosa en la Sala de los Animales.
Estoy en condiciones de asegurar que no le gusta la escultura, que tampoco se fijaba en los pavimentos marmóreos, que alguna vez se detenía en un cuadro, en un tapiz. No habló palabra en todo el recorrido.
El seguimiento que yo le estaba haciendo, de no haberlo hecho con toda la discreción que pude, podía considerarse molesto, absurdo, irritante. También lo era para mí. El estar cambiando continuamente de sitio dentro del grupo de amigos, el acercarme sigiloso, el apartarme raudo con un brusco movimiento de la mano, como si llamara a un amigo invisible, estaba despertando sospechas entre mis conocidos. Uno se me acercó y me preguntó si me sentía bien. Asentí sin decirle esta boca es mía.
Íbamos recorriendo las distintas galerías y yo estaba convencido de que habría de volver al día siguiente a contemplar de nuevo todas aquellas obras de arte que dejábamos atrás. Sólo tenía ojos para ella y la muy picarona se había dado cuenta, quizás desde el primer momento, y revoloteaba a mi alrededor, ingrávida. Se daba cuenta de mi nerviosismo y su movimiento circular me tenía prisionero, se regodeaba, me había cautivado. En la Capilla Sixtina había tantas personas que por un momento creí haberla perdido. Pero, no, allí continuaba cerca de la puerta de salida, mirándome, espiándome, No puedo decir que sonriéndome, pero su mirada era la de Diana cazadora, o la Venus Félix. Por mi parte yo me veía como un atormentado Lacoonte.
Al salir al Brazo de Constantino, antes de comenzar a bajar la Escalera Regia, pedí un abanico a una de mis amigas.
-Estas sofocado. ¿Te hago un poco de aire? -me dijo.
-No, pero vaya visita amarga la mía. Mañana volveré, pero con un pequeño bote de insecticida porque he traído una mosca volando a mi alrededor desde la Piña y la puñetera no me ha dejado ver casi nada.
Miramos de reojo al guardia suizo y nos encaminamos a la Plaza de San Pedro. Nos detuvimos en la columnata porque comenzaba a llover a mares y no teníamos paraguas. No pude menos que sonreir. ¿Era esto de la lluvia lo que estuvo tratando de decirme la puñetera mosca toda la mañana?

No hay comentarios:

Publicar un comentario