viernes, 2 de junio de 2017


Me he cruzado con ¡Buenos días!


Había sonado ya la hora del Ángelus de esta aterralada mañana de Junio cuando di por terminados mis deberes matinales, que en honor de la verdad no eran muchos ( ir a Mercadona con una pequeña lista de compras, caminar cinco kilómetros para rebajar cien gramos de peso, pasar por el banco para tener algún dinerete en efectivo ya que hoy comienzan las fiestas del barrio, llevar a los columpios del parque a mi nieto Javier, asearme un bastante para no parecer un guarro, y poco más).
Tomo del frigorífico la Heineken del mediodía y abro el ordenador (hoy no quise oír a los políticos). En una esquina me esperaban unos Buenos días como dos soles, como dos corazones más bien. Me dio el alma un vuelco. ¡Tantas mañanas esperando que volviera alguno de aquellos Buenos Días con los que dejé de cruzarme en los casi amaneceres y ahora no sabía qué hacer!
De pronto se me vinieron a la cabeza muchos disparates de aquellos con los que nos sorprendíamos a diario. Aquellos Buenos Días y yo disponíamos del mayor cajón de sastre que se pueda uno imaginar. Poemas, sonrisas, reproches, miradas, anhelos, proyectos, invitaciones, sueños atrasados, todo lo que se pueda exhibir desde el ring ring del despertador hasta la última carrera camino del trabajo.
A veces no era este tiempo suficiente y aquellos Buenos días y yo añadíamos ilusiones, esperanzas, sentimientos hasta prolongar el tiempo a los linderos de las Buenas tardes. ¡Claro que eran otros tiempos! Recuerdo que un día, en que me retrasé un poco más de lo que era habitual, aquellos Buenos días se enojaron tanto que me espetaron un ¡Ya no te espero más! y a partir de aquella mañana cada cual comenzamos nuestros días por donde Dios nos da a entender, bien sea el alba o después del ángelus, como me esperaban hoy los míos.
Todos sabemos que reemprender nuestra vida recién caído de la cama, con miedo de mirarnos al espejo por no ver las cicatrices que vamos acumulando, sin cruzarnos con un ¡Buenos Días! es desesperanzador. ¡No se puede comenzar a vivir, a revivir, a morir, sin un Buenos Días. Lo diga quien lo diga!
Así que el encuentro de hoy con aquel amigo perdido me ha hecho retroceder varios años. He rejuvenecido hasta sentir la necesidad de emborronar un folio y desprenderme de Cinco Minutos de mi vida. Si lo vuelvo a encontrar le dejaré recados en los sitios de siempre, y es posible que comience a afeitarme de nuevo mirando al espejo, metiéndole prisa, para no llegar tarde al cruce diario con mis Buenos Días.
Me tomaré la cerveza mojándome los labios, poco a poco, como besos robados a la carrera, prometiendo lo que quizás mi vaguería no lo permita. Puede que mañana sea un día excitante. Ya veremos.




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