martes, 13 de junio de 2017



Me corroían las entrañas. Era incapaz de digerir aquellas palabras duras, mezquinas si las miraba desde el lado del corazón. Eran agua caída por la catarata de la sinrazón, sin tiempo para acomodarse como río, espuma salvaje, remolino, sonido cascado, fuera de tono, desafinado.
Miré con los ojos rebosando desengaños y el agua pulverizada subió hasta el primer cielo donde habitan las incomprensiones.
Poco después aquella nube, su arco iris, fue descendiendo lentamente hasta depositar todo su peso sobre mi cabeza. En pocos instantes me convirtió en palillo de algodón dulce, pero no había allí cerca una feria donde alguien me quisiera comprar, ni desde la inválida quietud podía alejar de mí el vaporoso sueño que coronaba mis sienes.
Y no encuentro solución para recoger el agua derramada, no hay río que vuelva sobre sus pasos. El mar se aquieta después de la tempestad, el viento barre, antes o después, todas las nubes, pero dónde está el impulso que detenga el río bajo el puente?
Hay frases que nunca debieran pronunciarse, porque hay caminos muy angostos donde ni los ecos pueden girar y emprender caminos de vuelta.
Esta tarde llovía sobre Covadonga y mi alma se mojaba. Ni la cruz del puente de Cangas de Onís me retuvo. La nube de algodón se escapó hasta los lagos, y fue dejando sobre el asfalto la humedad de muchos ojos. Abajo el Sella siguió buscando la mar. Le llevaba muchas frases en su corriente. ¡Quién las pudiera pescar! ¡Marinero, lanza las redes!

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