sábado, 29 de junio de 2013

La bámbola.



Entre tus labios y los míos

 se columpian unas palabras.

¡Qué bonita bámbola !


¿Nos acercamos más?

Entre tus ojos y los míos

se mece una mirada.

¡Qué bonita bámbola!


¿Nos acercamos más?

Entre tu corazón y el mío...

.¡Qué bonita bámbola!.

Separémonos ya.

Ay, bámbola que viene y va!

Te regalo estos Cinco Minutos y marcho a comer.



El arroyo no tenía más de 20 centímetros de profundidad. Guijarros limpios, relucientes y arena molida por el incesante pasar del agua. Metí la punta del pié y estaba el agua fría, muy fría. Con prudencia para no caer me descalcé el otro zapato. En aquel momento ya era un hombre sin manos. Dos zapatillas saludaban al aire y los cordones colgando recogían la sonrisa del arroyo.

Entré despacio en la sábana de agua, el agua fresca cortó la primera rebanada de mi cuerpo. El frescor me clavaba en la arena. Con mucho cuidado para no pisar ninguna nota (este arroyo era de aguas cantarinas) di el segundo paso y el tercero. El frío ya me rebaneaba hasta la altura de las rodillas. Sentía que me iba convirtiendo en un hombre de menos estatura, tres cuartos de hombre. Cualquiera que me viera hundido así diría que aquel arroyo me convertía en tres cuartos de litro de agua.

Cuando esto te ocurre sabes que ya no puedes volver atrás y comienzas a buscar algo a lo que asirte, para no caer, para mantenerte erguido. Quizás una rama, quizás una cuerda entre los cantos rodados detenida.

De la poza de la otra orilla algo rizó lo que no tenía peluquería, una pequeña cabeza serpenteaba dibujando rayas sobre la cabeza del arroyo, era una culebra de agua.

Dos pasos más y estaría fuera. Dos segundos más en el agua y me mojaría todo. Apoyé un pié en un guijarro y… fuera. Atrás quedó la culebra, el arroyo, el agua, los zapatos en las manos, el repullo en el pecho.
 
(Ya sabes la regla: Cinco Minutos para escribir, dos minutos para leer, tres segundos para borrar)

Se me quebró la voz.


La garganta de aquel desfiladero era tan angosta que no cabían en ella dos voces juntas. En cuanto  la mía se armó de un poco de valor intentó cruzar al otro barranco. Antes de que pudiera convertirse en eco se fracturó y cayó al rio. La pobre no tuvo tiempo de contarles ni palabrita. Todo se lo llevó el agua entre los murmullos de las piedras encajonadas en el lecho. Dicen los lugareños que ni siquiera el ay de la caída lo pudo rescatar el viento. En cuanto sea posible habré de echar mano de la segunda voz que guardo para las emergencias.     

El pez rojo.



Como burbujas de manantial buscando río afloran en mí tus recuerdos.

La tarde se recoge en mi pecho. Soltaré tu estrella allá, más arriba del prado.

En el entretanto paseo entre malecones y voy comiéndome los sesos con la misma pregunta: ¿Si le tiro los tejos a la farola del puerto me convertiré en faro?

Las sombras caen sobre mí como aguacero y me mojan de oscura tristeza.

 Me recluyo en la infinitud de lo pequeño y cambio mar por alberca blanca.

Otra vez me alcanza el mismo pensamiento que se vino tras de mí.

Como pez rojo en la alberca, así nado en tu recuerdo.

Prisionero en tu agua, no voy, ni vengo, ni termino en algún lugar de la alberca este mi continuo nado.

El pez rojo en la alberca blanca es una gota de sangre en un agua vacía de heridas.

Sólo cuando muera veré las estrellas, porque dicen que el pez rojo muere de lado, con un ojo en el agua y otro en el firmamento.

Si tengo suerte me velará un lucero.

viernes, 28 de junio de 2013

La señora Tarde me invita a beber un cuento.

Un cuento de Cinco Minutos comienza así, poco más o menos.
Pues mira, érase una vez que se era una tarde de Noviembre de un día que no rodaba bien porque lo habían colocado en una cuesta arriba. Sólo unas nubes de frío volteaban por las crestas de las montañas que tenían cara de estar ateridas. La luna de Noviembre, hoy es día 22, aún no había nacido, aunque la tarde podía caer de parto de un día a otro.

No podía mirar fuera porque los cristales me rebotaban la mirada. Me gustaba la idea de que por una hora, quizás menos, iba a estar en aquella tibia cafetería, donde las palabras de los parroquianos se entrechocaban divertidas.

Quería pensar un cuento, deseaba más bien contar un te quiero.

La Tarde se sentó junto a la ventana. Afuera, muy abrigado, paseaba lo que no interesa al cuento.

En frente de la Tarde había una silla vacía, me acerqué con intención de retirarla. La Tarde clavó sus ojos interrogantes en mi timidez y cuando creí que me daba su permiso lo que dijo fue un:

-Siéntese, por favor. Ya pedí los cuentos. Como de costumbre el suyo lo pedí solo y con mucho azúcar.

No sabía de qué cuentos me hablaba, nunca había cruzado palabra alguna con la Tarde. Muy despacio, tocando con la rodilla dónde encontrar el asiento, me fui dejando de caer, absorto.

Tartamudeando un poco, lo reconozco, me atreví a preguntarle algo, más bien para detener la noche. Esperé unos segundos eternos y como el alumno que levanta la mano al profesor mal genio, a medio camino entre el cielo y la tierra, le dije:

-    ¿Recordó al camarero que yo sólo tomo cuentos de Cinco Minutos?

La Tarde me miró  al propio tiempo que con su mirada nos atravesaba a cuatro parroquianos y con una sonrisa, que era un reproche dulce, hizo un gesto con la mano y dijo.

-¡Qué tontorolo yes, dios mío! ¡Anda, anda y atiende al Jefe Técnico de Granada que te está llamando por teléfono!

La Tarde es una bruja. Lo de Granada una realidad. Alarmaba el zumbido del teléfono móvil en mi bolsillo.
- Señora Tarde, perdóneme, otro día tomaremos el Cuento. Voy a ver qué quiere el de Granada.
Al salir de la cafetería con paso apresurado casi tropiezo con lo que no interesa al cuento, quien paseaba la acera muy bien abrigado. Me apetecía beber el Cuento, quizás más que un café en tarde invernal. Otro día será.

martes, 25 de junio de 2013

Al fn me puede el silencio.


 

Al fin me puede el silencio.


Las pisadas de los pensamientos no dejan huellas sobre el camino, con suavidad el viento las barre.
Los sentimientos, sin embargo, cada cual tiene la suya propia, y son como marca de herradura en el barro, que el aire las orea y endurece.
Solo el tiempo las rellena con polvo de otras pisadas, o con agua de la lluvia, aunque, siempre debajo, duerme el molde de las tuyas.
Padezco el dolor de la madera a la que han extraído un clavo.
Al fin me puede. Veré si encuentro alivio en el silencio.
Disfruten de mi mudez.

Mis últimos Cinco Minutos.


"Para Cristina Chaca, quien me hizo sonrojar tantas veces con sus comentarios.

Mis últimos Cinco Minutos

¡Cuántos pasos dí hasta crear una vereda entre tu casa y la mía!
¡Cuántas idas y otras tantas vueltas, pisando malvas, huyendo de las ortigas y de los cardos!
La vereda era fina, larga, y nos mantenía unidos, como se traban los caballos para que siempre estén cerca de la casa y no se metan en los sembrados. Tú de un cabo, yo del otro. Mi mayor alegría era contemplar cómo se despeñaban por aquel balcón tus risas y cantos.
Ahora que ya cerré casi todos los caminos he vuelto a la misma vereda. No está tu casa, ni el mugido de las vacas en el establo, ni el arado de vertedera esperando a los bueyes, ni siquiera la balanza romana colgada en el árbol.
Estoy desandando la última vereda, nuestra senda, y sólo tengo fuerzas para cruzar el portal, acercarme a la lumbre y esperar que se duerma este corazón viejo y tantas veces remendado. Sé que ya no estás en la casa de enfrente.
No me queda tiempo para intentar nuevos caminos.
15 de Octubre de 2006"

domingo, 23 de junio de 2013

Noche de hogueras. Yo pegaré fuego al blog Alarife

Hoy es vísperas de San Juan, noche de Judas, de hogueras, de saltar el fuego con el humo pegado a la niña de los ojos, de moragas en el rebalaje de la playa, de purificación por el fuego, de Luna Grande. Como no hicimos muñeco de paja para quemarlo a las doce de la noche porque lo prohíbe la ordenanza municipal yo voy a pegarle fuego al blog Alarife. Espero que arda rápido y por los cuatro costados.

No me llames. Sólo sígueme y mira.


Las nubes vistas desde allá arriba parecen enormes pencas azules y blancas erizadas de púas.

Pues bien, cuando las nubes entren bajas, a medio camino entre la tierra y el cielo, quiero que subas conmigo al monte de lo imposible, mucho más arriba del Prau, para que desde allí las contemples por la concha.

Unas retorciéndose de dolor y otras llorando aguaceros suaves llevan prendidas en lo alto de sus lomos, mirando al negro-azul infinito, como banderillas enhiestas, todas las miradas que furtivamente las atravesaron buscando tu cara de diosa.

Y, puesto que estoy perdiendo la fe en que mires donde yo, arriba, probemos a mirar juntos hacia abajo, para que compruebes por ti misma que a veces lo más hermoso no está ni en el cielo ni en la tierra, sino allá donde se posan tus ojos refulgentes de almendro en flor.


sábado, 22 de junio de 2013

No sabes volar.




Dicen que no sé volar. Quizás lo digan porque no abro bastante las alas cuando desciendo de los picachos, o porque pierdo con facilidad la onda de cualquier corriente térmica con la que me cruzo.
No sé por qué me lo repiten cada dos por tres, como tañido de campana en días de fiesta.
Es cierto que abro las alas con manifiesta desgana, y que quizás hayan observado que no me enfrento con las ventoleras, que huyo de los remolinos.
Dicen que no sé volar. Y miran para otra parte del cielo. No sé con quién me comparan, ni si lo afirman porque no subo hasta el límite de mis pulmones, allá donde la falta de oxígeno y la vana locura del intento me harían perecer.
Puede que lo digan aquellos que sólo miran hacia arriba.
“No sabes volar”,- hasta yo lo acabaré creyendo.
De nada sirve imitar al jilguero y no separar demasiado mi cuerpo de la hierba seca, ni al parecer tiene mérito para quienes me observan el que levante el vuelo al modo de los pájaros de acero. No reparan en mi plumaje, ni en el trino, sólo sentencian que no sé volar.
Nadie se preocupa por dónde construyo el nido, ni por la perfección de su entramado, ni por la seguridad de su colocación, ni cuántas veces le sobrevuelo. Sólo me quieren ver arriba, en las altas peñas, de donde luego dicen que no sé volar.
Cómo desconocen el arte de hallar los entresijos que quedan vacíos entre los vientos, el dejarse llevar, el viajar por donde pocos lo hacen.
Qué poco valor tiene para ellos, para mis censores, el pinchar con el pico las palabras hermosas que se pierden en el aire, porque no encuentran los oídos para los que se pronunciaron.
Si el reproche viniera de unos cazadores no me importaría demasiado, con guardarme de la perdigonada podría ignorarlos. Pero, no. En esta ocasión es algo más íntimo, tiene pintas de provenir de graznidos de pájaro de mal agüero.
“No sabes volar”, “No sabes volar”, “No sabes volar”, es el veredicto que lleva de un lado para otro el eco de todos los vientos. De tan repetido, de tan gastado, ¡hasta yo lo creo!

viernes, 21 de junio de 2013

Regálame una ilusión por San Juan.


Si pusieras en mi corazón, en vez de hielo, un deseo, una ilusión, por esa misma rendija yo sacaría de inmediato un mundo mágico donde los Reyes serían pajes, desde donde la noche se volviera como un calcetín como cuando viene llegando el día. Pero me llamas a pelear. Te lo repetiré una vez más.
A mí no me llames para pelear, ¿no ves que me muero de pena?
Es que aun no te has dado cuenta?
Camino de noche para que la oscuridad difumine mi dolor.
Tengo la tristeza del árbol y tú erre que erre.
Ya no albergo ilusión que levante mis párpados por la mañana.
Tengo gangrena en el alma, se me cae a pedazos y miras para otra parte.
No me llames para pelear.
Deja que mainake se vaya. Nació triste y jamás levantó cabeza.
Comencemos de nuevo por donde se debe.
Regalémonos unos Buenos días.
El Chato que camina en pos de mi me dice:
-Jefe, (este perro me llama jefe), cuando te sigo no sé si el mar está a la derecha o a la izquierda.
-Calla, le respondo. Toma la calle del medio y mójate las patas en el borde del mar.
El cantaor flamenco se queja en la madrugá:

"Todo el mundo tiene una estrella,
yo la busco y no la encuentro,
puede ser que yo no tenga."

¡Qué profeta, Dios mío!

jueves, 20 de junio de 2013

Ex pluribus unam.

“Siempre en enero,
roba el almendro al mar,
  espumas de olas”

“Monte de cobre.
De blanco purísimo
aquel almendro.”

“Se quebró la voz
al cruzar los dos cerros.
Cayó al río.”

“Queda un suspiro.
  Dice el viento: Dáselo,
  Sé generoso.”

En el sitio de siempre.

EN EL SITIO DE SIEMPRE La plaza redonda de mi barrio es la mesa donde todos hemos jugado nuestras partidas de ensueño, sin más limitaciones que las protestas de los vecinos de la acera de enfrente cuando se nos iba la pelota desgobernada. Hoy, después de crecer unos años a sus espaldas, he vuelto mis pasos hasta ella. Tomé asiento y esperé que alguien me diera mano en alguna partida. Acepté las cartas que me repartieron y dije que estaba servido. No quise hacer ningún cambio, aunque tampoco iba de farol. Miraba alrededor y me veía extraño en mi tierra. Enfrente tenia una pareja de palmeras. A la derecha sospechaba un trío de naranjos. Por la izquierda, ¡ay la izquierda!, aunque presumía de escalera no era de color, más bien era de desilusión. Cuando me llegó la hora de descubrir mi juego simplemente dije. “¡Perdí!”. No necesitaba decir más. Estaba sentado en el banco de piedra de siempre. Mi mano era de cinco dedos,( ¿repóker de dedos?) Pero al colocarlos arqueados sobre la piedra para tocar una sonata sobre los tuyos, solo sentí el rugoso frío de la piedra. No encontré tu mano esta mañana. Por ello era inútil levantar las cartas. No ganaría la partida en ningún caso. “¡Perdí!” dije de nuevo ya levantándome, sin forzar el tono de las palabras. Un último movimiento buscando tu ausente mano y me levanté de la plaza. Atrás quedó el descarte de palmeras y naranjos. Arriba revoloteaba la paloma de siempre. ¿Para qué descubrir mi juego si tu mano no estaba en el banco de granito? En esta ocasión mi as de corazón era un perdedor. Escaleras abajo encontré a los de la izquierda. Estos ni jugaban. Se entretenían con su escalera de ilusiones. -¿Una cerveza?- Sí, vamos.... Mi acompañante es socio de la misma peña pero no entiende de juegos.... Entre los dedos de mi mano sólo estaba el hueco de los tuyos.

miércoles, 19 de junio de 2013

Planché mi sombra para descanso de cualquier viajero.

He planchado mi sombra por ver si me enderezaba. Luego la he traído tan recta al suelo, con tan desmedida fuerza, que, atravesándome desde la cabeza hasta la planta de los pies, se clavó en tierra. Ahí me tiene inmutable. Como perla de collar me siento, con dos agujeros por los que me entra y sale la noche disfrazada. Estoy anclado y no hay mar. Tengo en el alma la amargura del café al que puse poco azúcar, el silencio de las palabras que no pronuncié y que ya asoman por el brocal del pozo. El sentimiento que pasea esta calle no se resguarda del frío, lleva fuego y me va consumiendo. No llegaré a navidad de esta guisa, al menos que el esqueleto de sombras me sostenga. Buenas días, amigos conocidos y desconocidos.

viernes, 14 de junio de 2013

Me mata el sueño.

A uno que se va. “…Ante la casi certeza de uno que se va, en los momentos previos a levantar la pasarela y levar el ancla, plantaría cara al viento, con el tesón suficiente, ni tan poco ni tan mucho, con el justo, para que el viento no pudiera hacer su trabajo, hasta asegurarme que no arranca milanos de ansiedad de lo que se queda. Luego, le acompañaría hasta el horizonte merodeando la quilla como delfín y echaría mano de ese plus extra de fuerza que tienen los que han nacido en el corazón del mes de Abril para reforzar la esperanza en que la marea ahora iniciada tiene ida y tiene vuelta, para no tener que recitar amargamente aquello de:
Enlazar amigos para perderlos
Qué gran locura,
Perder lo que de ti se va con ellos,
Qué despilfarro,
No seguirlos como la estela al barco,
Qué desatino…”
Les contaría algo más pero he de recuperar el sueño. Son las tres de la madrugada y a las siete he de ir a trabajar. Sólo me queda desvelo para darles un saludo de bienvenida.

Cuando te rebelas gritando...

Cuando te rebelas gritando que te he leído mal, cuando callas, y me dejas afrontar en silencio la duda de si te entendí bien. Cuando te digo que estoy en la garganta del Cares y tú me respondes que ya subiste a Urriellu. Cuando cinco minutos los conviertes en dos horas, no hacemos otra cosa que acercar, y alejar, y distraer, y confundir nuestras realidades, porque la cárcel donde me encuentro y te admiro, es el lugar recóndito de donde no puedo salir y, aunque yo clame en lo oscuro, no puedes entrar. Gritos y silencios, soledades de montes, refugios perdidos, tan sólo son, y es bien que así sean, los cinco minutos de mi vida que te regalo en este escrito. No me queda más tiempo, ni siquiera para borrarlo

Alarife 27.10.2003

jueves, 13 de junio de 2013

Un deseo sosegado.

Algunos quieren sembrar los patios de sus casas con macetas, arcones de sentimientos, y enfriar los aires tórridos con pasillos oscuros. Mucha gente intenta hacer muchas cosas, en tropel, con ansias. Yo sólo quiero sentarme en el suelo, sobre el escalón de mármol de la puerta de mi casa, y quedarme dormido soñándote.

miércoles, 12 de junio de 2013

Soy la milésima parte de un grito.

Cuando estoy en el campo de fútbol soy la enésima parte de un grito: ¡¡Goooooollll¡¡¡ Cuando estoy en la iglesia soy la centésima parte de una plegaria: ¡¡¡Señor, Señor¡¡ Sólo cuanto estoy ante ti tiendo a ser algo, voy hacia el valor uno. Pero si no me encuentro con tus ojos, si me rehúye tu mirada, soy menos que nada, un cero ambulante. Cuando esto ocurre, y no puedo tener las pestañas de tus ojos como manojos de alfileres clavados en mis entrañas, recorro tu calle arriba y abajo cada hora por si te viera..., por si te encontrara..., como el autobús de línea desea un viajero. Y me tienes loco el lunes, martes, miércoles y así hasta el nuevo fin de semana. Entonces vuelvo al campo de fútbol, retorno a mis plegarias, a pasear de nuevo tu calle,… por si por casualidad te viera..., por si te encontrara..., por si me quisieras... por ser algo parecido a una persona.

martes, 11 de junio de 2013

Hoy, a media mañana, se me ocurrió la idea de robarle el color azul al mar. Calculé mal su tozudez y me llegó la hora del aperitivo sin haberlo logrado. Otro día será. Lo anoto en las tareas pendientes.

lunes, 10 de junio de 2013

VEINTE MIL PASOS CON TU RECUERDO.

Veinte mil pasos doy cada tarde-noche. ¿Cuántos crees que no llevan algún recuerdo tuyo? El árbol más pequeño siente la savia que recorre su cuerpo desde la raíz a las hojas. Así yo percibo desde la lejanía la vida que me otorgas. Tu humanidad, tu percepción, tu sensibilidad, tu mal genio, el buen genio, todos los tengo tan incorporados que no se qué parte es la tuya y cuál es la mía.

viernes, 7 de junio de 2013

Tu gato Verdi era un filósofo.

Fue imposible. Hasta que no me pinche con las púas del rosal y enrojezca mi mano, sin saber si la sangre es de mi mano o de la rosa, no habrá cuento. En el entretanto distráete con lo que susurre tu gato, que es un filósofo. :) Te repito lo de siempre: ¡No me pidas imposibles! Le puedes preguntar a tu gato. Desde el confortable asiento, junto a tu chimenea de maderos crepitando, ha sido imposible escribirte el cuento prometido. Tienes un gato filósofo y no ayuda mucho en esto de unir palabras. Apenas marchaste entornamos los ojos, (en eso coincidimos ambos) y para cumplir tu deseo comenzó el minino a decir: "Lloran los días porque a cada giro del reloj se les cae una hora". Confieso que no sabía si alarmarme, o simplemente, salir corriendo. Le miré atentamente y puse el oído en tensión como corredor de 100 metros en los tacos de salida. El pequeño gato, sin inmutarse, ya con los ojos cerrados, dormidos, continuó: " Lloran las tardes porque se les escapa la luz a todos los ocasos y cuarto". Interesante, me dije. Este gato se parece a su ama, otras dos frases y me abandonará. Como si adivinara mi pensamiento las soltó de corrido: " A la media solo brillan en la noche mis ojos" "A las menos cuarto la aurora roba las estrella del firmamento" Este gato me había fascinado con cuatro frases, como si de un político aspirante a Presidente del Gobierno, en plena campaña electoral, se tratara. No me importa decir que sentía complejo de inferioridad ante aquel minino que ya sólo dormía plácidamente, como si se hubiera desinflado. La tarde estaba fría, bien lo sabes tú que te marchaste a la calle. Las nubes ateridas no daban ni llovizna siquiera. Pensé que era el momento de añadir algo, pues tenía la certeza de que cuando volvieras preguntarías al gato. Así que cerré también mis ojos verdes, heredados de mi abuelo, y, antes de traspasar la frontera del sueño para unirme al pacífico animal, añadí: " Al parecer, soy único. Llora el día porque se le caen las horas, llora la tarde porque pierde la luz, llora la noche sus lágrimas de estrella cuando pierde la luna, llora el alba cuando nace. Llora el árbol cuando se le cae el fruto maduro. Todos lloran, al parecer, cuando pierden algo. En cambio, yo soy cada vez más feliz cuando cuelgo un ¡ay! de amor en cualquier árbol, no sólo porque ya tengo una pena menos, sino porque se que el viento amigo lo depositará entre las macetas de tu ventana, que, por cierto, esta noche estaba cerrada." Si dije algo más no puedo asegurarlo. Pregúntale a tu gato o a mi viento. Fue imposible comenzar a escribir el cuento. No me pidas imposibles...que para eso ya tienes al minino. Para ti, que siempre te conformas con cinco minutos, un abrazo al alimón de tu gato y mío."

RESURRECCIÓN.

Nota: Abrí este archivo pensando que encontraría algo relacionado con el Domingo de Resurrección, pero encontré un escrito atrasado que me gusta recordar cuando me tropiezo con él. Es posible que lo haya traído a este blog en algún momento atrás. Lo repito. Para Cristina Chaca, quien me hizo sonrojar tantas veces con sus comentarios. Mis últimos Cinco Minutos ¡Cuántos pasos dI hasta crear una vereda entre tu casa y la mía! ¡Cuántas idas y otras tantas vueltas, pisando malvas, huyendo de las ortigas y de los cardos! La vereda era fina, larga, y nos mantenía unidos, como se traban los caballos para que siempre estén cerca de la casa y no se metan en los sembrados. Tú de un cabo, yo del otro. Mi mayor alegría era contemplar cómo se despeñaban por aquel balcón tus risas y cantos. Ahora que ya cerré casi todos los caminos he vuelto a la misma vereda. No está tu casa, ni el mugido de las vacas en el establo, ni el arado de vertedera esperando a los bueyes, ni siquiera la balanza romana colgada en el árbol. Estoy desandando la última vereda, nuestra senda, y sólo tengo fuerzas para cruzar el portal, acercarme a la lumbre y esperar que se duerma este corazón viejo y tantas veces remendado. Sé que ya no estás en la casa de enfrente. No me queda tiempo para intentar nuevos caminos. 15 de Octubre de 2006

¡SOCORRANME CON UN VERSO, POR CARIDAD!

En el jardín que rodea mi alma no hay poemas. Tengo, plantadas por distintas manos, dos palmeras, una rosaleda y varios jazmineros. Pero poemas no, no tengo. Me dijeron que los versos hay que encontrarlos en lo más profundo del espíritu y entonces excavé un pozo en el centro de mi alma. Exactamente entre las letras “l” y “m”. Bajé hasta encontrar el nivel freático, pero el pozo sólo daba agua para regar el jardín y no más de Cinco Minutos por día. Adorné el pozo con un hermoso brocal y siempre tuve dispuesto un cubo. Pero no, no encontré versos. Otros me dijeron que paseara por el rebalaje del mar, entre la Malagueta y los Baños del Carmen, porque de allí sacaron Hinojosa, Prados y Altolaguirre hermosos poemas. Y recorrí incansable la orilla, allí donde el Mediterráneo pelea esos diez metros de tierra hasta deshacerse en encajes de espuma. Siempre con el pensamiento por delante y las huellas sobre la mojada arena, levantando mi pie con suave empuje para el paso siguiente. Pero, no, no encontré versos. Los marengos del levante me cantaron por entre las redes que en otoño los versos rizan el mar como banco de boquerones y les ayudé a tirar del copo. Pero no, no encontré versos. Volví los ojos hacia las montañas y desde el arroyo Chaperas hasta la Fuente de la Reina recorrí con paso tembloroso las ingles verdes de montañas jóvenes. Pero no, no encontré versos. En los fríos inviernos subí hasta las Pedrizas y contemplé la nieve colgando en los barrancos, incluso, más de una noche, fui testigo de cómo por enero bajan los almendros al mar para robarle la espuma de las olas. A todos pregunté y nadie me dijo dónde encontrarlos. Por eso no, no tengo versos. He llegado a la conclusión de que alguien de la Inquisición Poética dictó un entredicho contra mí, y que, aunque lo intente, no puedo sacarme el sambenito de esta prosa ramplona. ¡Estoy anatematizado, nunca podré hilvanar un poema! Ya solo me falta por intentar, por si fuera cierto esto último, lo que hizo el rey castellano Fernando I en el mismo San Isidoro de León. Cambió este rey su túnica de púrpura por un sayal de cilicio, trocó su corona por una de ceniza y se tendió en el frío suelo por hacer pública penitencia. Yo, además, extenderé los brazos en cruz y abriré las manos, solicitando de la caridad de quien me vea de esa guisa un verso, un pequeño verso. No quisiera presentarme ante Dios sin llevar siquiera una coplilla, porque presentarse ante su tribunal con las manos vacías...¡eso sí que será un poema! Espero con ansiedad la próxima Cuaresma. Buenas tardes

Para Biznaga.

Quería escribir un cuento, pero... Acabado el día 15 del mes de diciembre, y una vez que hacía bastante trecho desde que la luna había pasado la última cruz, la que divide el camino de día y el de la noche, en la más temprana de las horas, ausentes todos los amigos, me encontraba enclaustrado en mi propia casa, sin sueño y sin compañía. Con suavidad cerré todas las ventanas del correo electrónico, y en la más absoluta de las soledades quise hacerme el valiente abriendo el alma a la sinceridad. En verdad que tenía el ánimo jubiloso. Anoche estaba en condiciones de parecer más un monje que un demonio. Estaba de dulce. A propósito de monjes. No sé por qué todos los claustros que conozco, los que visité y los que me trajeron las fotos prestadas, tienen la cintura cuadrada. Una galería silenciosa, cortada por columnas sobre la balaustrada, y miles de espíritus de antepasados vagando por ellas, sin tocar el suelo, ni hacer sombras que asusten. Cuando dejo mi fantasía libre de riendas se detiene allá donde más trabajo me da. Así que muy poco después, tan de seguida como viene la cuenta del restaurante detrás del último chupito de licor, el que cierra la tanda de los postres, la inquieta soledad de la hora de los duendes decidió por mí, me daría faena. Para pasar la noche en espera había encargado a la intendencia piñonates y yemas del Tajo de Ronda, mantecadas de Antequera, galletas de almendras de Ardales, castañas de Igualeja, tortas de aceite de Algarrobo y aunque no lo había comprobado estaba seguro que en el frigorífico quedaban algunos píos-nonos de Santa Fé, sobras de la fiesta de cumpleaños. La intendencia apagó el televisor y acercó una botella de vino dulce de Cómpeta y otra de anís de Cazalla, porque aunque es más famoso el de Ojén ya no se fabrica. Alguien olvidó de conservar la mágica fórmula. Con semejantes pertrechos no hay batalla que no se gane. Desde mi sillón favorito mandé izar el pendón del señor Alarife y ordené que los farautes abrieran la marcha, seguidos de los heraldos, pajes, escuderos, peones de la mesnada , timbaleros y toda la corte nocturna. En cuanto bajó la primera rampa la botella del vino dulce se me acercó, como quien no hace al caso, un viejo aforismo, mal vestido, despeinado, con una cartela de hombre anuncio medieval, donde si uno se lo proponía se podía leer con claridad: “Claustrum sine armario quasi castrum sine armamentario”. Yo sabía que aquello no era un juego de palabras, era el primer aviso. Desde mi posta expectante veía cómo mi fantasía juguetona estaba abriendo la puerta de un scriptorium, por donde se comunicaba con el claustro de la soledad de un viernes noche. Debía varios cuentos en deudas de amistad y no se me apetecía inventar nada. Pero traspasar aquella puerta era algo más que una tentación. Quedaba intacto el recurso de copiar unos versos. Si lo hacía con esmero incluso podría ganar la gloria del cielo. Después de todo no quedaban tan lejos los versos atribuidos a Alcuino donde aconsejaba el modo y la forma de copiarlos, prometiéndoles a los scriptores la recompensa del cielo. También es famosa la leyenda en que San Vaast se aparece a un su discípulo y le advierte que le serán perdonados tantos pecados como letras llevaba trazadas. Esto de redimir faltas a cambio de cuentos y leyendas me entusiasmó, así que abrí la caja de los piñonates y obsequié a mi alma compañera. Sólo tomó uno usando la punta de los dedos como pinzas de depilar las cejas. Este alma mía es coqueta hasta para comer dulces. En vista de que ya no dormiría en un par de horas, acerqué otra mesa a la de las delicias de navidad, y fui depositando en ella cálamos, pinceles, plumas de ave, tinteros y pinturas, además de la greda, piedra pómez, el escalpelo o raspador y el graphium , e inclinándome sobre un papel de seda comencé a copiar, con las más bellas de mis letras visigóticas, un texto simple, algo que se quería parecer a un “ Te odio, o más bien, Te quiero” En el más absoluto de los silencios, a fin de evitar yerros y descuidos, fui iluminando cada letra hasta que comencé a tener la certeza de que quien lo leyera entendería el galimatías del texto. El avance era muy fatigoso. Jamás hubiera llegado al medio camino sin las provisiones de intendencia. Cada vez se me hacía más nítido lo que dice Berceo en la Vida de Santa Oria: “Los días son non grandes, anochezrá privado; escribir en tiniebra es un mester pesado”. Cuando tuve la certeza de que el condumio y la bebida no me daría para terminar un buen cuento, mandé volver al castillo a toda la corte del buen señor Alarife, y que, en el mismo orden en que salieron, se regresaran, siendo el último en cruzar el puente levadizo quien echara el rastrillo, y que bajo pena de diez latigazos no dejara pasar a duendes ni brujas que ya no estuvieran incorporados en el cortejo. Mañana será otro día. Que lleven mi caballo del ronzal a la cuadra. Me caigo de sueño. Esto de los cuentos es una faena que necesita algo más que unos dulcecillos y mazapanes, aunque vinieran de la imperial Toledo. Probaré de nuevo cuando esté mejor avituallado.

miércoles, 5 de junio de 2013

Me siento engañado.

Me siento engañado. Por el pascuero que no espera el paso de los Reyes Magos para cambiar su rojo al verde, por la noche que me adormece para que no vea cómo se convierte en día, por las miradas de tus ojos que pasan de largo y me desprecian como diana, por Facebook que me indica que tengo 30 Amigos. Me siento engañado por mi propia inocencia, que me empuja a creer que soy una buena persona.

domingo, 2 de junio de 2013

Hoy necesito rezar.

Cuando alguna vez necesitas rezar te das cuenta de que apenas tienes oraciones en las alforjas. Esto me ha ocurrido en esta mañana fría, por lo que he tenido que echar mano a la única que tenía en el zurrón y repetirla incansablemente como hacen los cristianos con las Ave Marías. Plegaria Si te dije que eras un arco iris en el cielo me equivoqué en las formas, en el color y en el tiempo. No hay arco iris en la noche,- nadie los vio -, ni tienes siete colores, ni estas suspendida en la media bóveda celeste. Tu has nacido para ser el más hermoso vitral de la más bella catedral. Hoy, que es domingo, he llegado antes que los canónigos para contemplar cuando el primer rayo de sol te traspase y vayas recobrando lentamente tus mil formas, las caras de tu alma. En esta tibia semipenumbra te estoy aguardando. Para distraer la emoción de lo por llegar dejo que mis ojos, aún dormidos, vayan recorriendo todo el transparente de la nave y allí, en los cruceros, depositen una plegaria... por si la vieras : “ Mujer, míralos de frente y apiádate de ellos”.

sábado, 1 de junio de 2013

Ella me asedió desde el Cortile de la Pigna.

La vi por primera vez en el Cortile de la Pigna. Yo estaba inmerso en un grupo de turistas analfabetos que comenzábamos nuestra visita turística a los Museos Vaticanos. Ella volaba sola, se detenía en cualquier lugar, displicente. No le veía cámara digital, ni tomavistas. Noté su presencia desde el primer instante en que se me acercó y confieso que me puso un poco nervioso. Dejé de atender al guía, que en esos momentos explicaba los detalles de la fuente de la Piña. Ya saben, lo de siempre. Desde aquel momento, instintivamente, me retrasé hasta el fondo del grupo, me afinqué con los turistas distraídos, para seguirla como ella se lo merecía. Entramos casi juntos al larguísimo corredor del Belvedere. Cruzamos varias estancias y siempre el mismo ritual, no encontraba con la mirada algo que nos llamara la atención a los dos por igual. Si yo contemplaba la Venus de Gnido ella se adelantaba y, esperándome, se detenía curiosa en la Sala de los Animales. Estoy en condiciones de asegurar que no le gusta la escultura, que tampoco se fijaba en los pavimentos marmóreos, que alguna vez se detenía en un cuadro, en un tapiz. No habló palabra en todo el recorrido. El seguimiento que yo le estaba haciendo, de no haberlo hecho con toda la discreción que pude, podía considerarse molesto, absurdo, irritante. También lo era para mí. El estar cambiando continuamente de sitio dentro del grupo de amigos, el acercarme sigiloso, el apartarme raudo con un brusco movimiento de la mano, como si llamara a un amigo invisible, estaba despertando sospechas entre mis conocidos. Uno se me acercó y me preguntó si me sentía bien. Asentí sin decirle esta boca es mía. Íbamos recorriendo las distintas galerías y yo estaba convencido de que habría de volver al día siguiente a contemplar de nuevo todas aquellas obras de arte que dejábamos atrás. Sólo tenía ojos para ella y la muy picarona se había dado cuenta, quizás desde el primer momento, y revoloteaba a mi alrededor, ingrávida. Se daba cuenta de mi nerviosismo y su movimiento circular me tenía prisionero, se regodeaba, me había cautivado. En la Capilla Sixtina había tantas personas que por un momento creí haberla perdido. Pero, no, allí continuaba cerca de la puerta de salida, mirándome, espiándome, No puedo decir que sonriéndome, pero su mirada era la de Diana cazadora, o la Venus Félix. Por mi parte yo me veía como un atormentado Lacoonte. Al salir al Brazo de Constantino, antes de comenzar a bajar la Escalera Regia, pedí un abanico a una de mis amigas. -Estas sofocado. Te hago un poco de aire? -me dijo. -No, pero vaya visita amarga la mía. Mañana volveré, pero con un pequeño bote de insecticida porque he traído una mosca volando a mi alrededor desde la Piña y la puñetera no me ha dejado ver casi nada. Miramos de reojo al guardia suizo y nos encaminamos a la Plaza de San Pedro. Nos detuvimos en la columnata porque comenzaba a llover a mares y no teníamos paraguas. No pude menos que sonreir, ¿era esto de la lluvia lo que estuvo tratando de decirme la puñetera mosca toda la mañana?